jueves, 21 de septiembre de 2017

¡ÑÓO... QUE EMOCIÓN! por Pedro Acosta (NIKKA)

Cola a la llegada en el Aeropuerto Internacional José Martí de la Habana
El recorrido es corto, solo unos cuarenta y cinco minutos de vuelo, pero los inconvenientes nos rebasan y nos rebosan.

La primera e inesperada vibración me brota cuando me comunicaron que por el televisor que transportaba me cobraban doscientos dólares más los cuarenta por ser el segundo bulto. De aprovechados está lleno el mundo y la Aerolínea no escapa de ello.

Espera de una hora y veinte minutos dentro del avión porque ni en el área de chequeo, ni en la de migración se percataron de que a un pasajero se le había vencido la prórroga de su pasaporte. Solo a la hora de abordar se dieron cuenta del error y ya la maleta se encontraba en las entrañas del gigante. Los irresponsables abundan y el aeropuerto de Miami no es ajeno a ello.

Al fin nos posamos en la muy especial terminal aérea #3 del aeropuerto internacional “José Martí” de la Habana. Arribar a ésta es sinónimo de emociones impredecibles. Siempre lo esperan a uno sus familiares y alguno que otro amigo. Y en el caso nuestro puede que te reciba el “cariñoso” y siempre “afable” oficial de la Seguridad del Estado, que cual médico nos “atiende”, siempre preocupado por tu salud y la de tus familiares.

A pesar de su ínfimo espacio cada metro de la terminal está repleto de conmovedores episodios.

Al entrar al área de recogida de maletas la emoción me inunda al ver la fila de más de 100 personas que esperaban por la revisión y pesaje de sus bultos.  No hay carritos para transportar las maletas y es necesario salir a “discutirlos” o realizar el correspondiente “abono” para que te lo consigan.

Tras una estresante hora en espera de la maleta y el televisor, me incorporo a la larga fila. De las cuatro pesas y mesas de revisión que posee este departamento solo están funcionando tres. En un juego de pelota sería un honor: 750 de average. Aquí es un horror.

Converso con Carlos, se le ve malhumorado y demacrado. Llegó a las 10am procedente de Miami y todavía debe esperar para que a ocho personas les revisen el equipaje.

Se ve contrariado, es un trabajador de la aduana, que rojo como grana escucha a un funcionario de cultura que le reclama:

-       Compadre estoy aquí desde las 11 de la mañana y son las 8 de la noche y no me dan respuesta. Lo que traigo me lo donaron en Europa para una casa de la cultura. ¡Esto no es mío!

-       ¿Que quieres que haga? ¡Yo no pongo las reglas!

Mercedes quien voló a mi lado me había comentado durante la trayectoria: Prepárese señor. Ese televisor le va a costar una larga espera y muchos disgustos. “Nuestro” aeropuerto es una locura en todos los órdenes.

William y Fernanda, son barbadenses y me cuentan que para proteger los dos televisores que traían desde Miami los envolvieron en sabanas y que se los “marcaron” como bultos. Que a pesar de que los pasaron por delante de los cubanos llevan allí más de dos horas. No traían consigo los mil dólares que les cobran por los equipos.

William, en su jerga, me dice:

-       Los de la aerolínea son unos descarados. Pero aquí son unos bandidos. No regreso nunca. Me cobran por los televisores más que lo que allá me costaron.

Sergio está delante de mí en la fila y me dice: Cuídame los bultos, tengo que salir a comer algo pues soy diabético y ya me estoy sintiendo mal.

Pasa una hora y media y Sergio no regresa. Los que sabemos de su problema, comenzamos a preocuparnos.

Ya casi llega mi turno de pesaje y no sé qué hacer con el equipaje de Sergio. Lo he venido empujando, poco a poco, desde que el salió. Me dispongo a explicarle la situación a uno de los funcionarios del aeropuerto cuando aparece el hombre.

-     De madre amigo. No había nada que comer en el asco de cafetería que hay en el tercer piso. Tuve que salir de la terminal para encontrar algo de comer, ¡Por poco me desmayo!

Tras cuatro horas y veinticinco minutos al fin estoy pagando el costo del televisor y el sobre peso que me dicen llevo. Ni lo comprobé. Solo quería volar de allí. Pero antes le había preguntado a la empleada que me atendió en el pesaje:

-       Ven acá. ¿Si yo no llego a traer el televisor, no me hubiera ido por el “canal verde” exento de pago?

-       Sí, pero si traes algo que declarar se te pesa todo.

-                  -        La laptop no es algo personal. ¿Por qué me la pesas?

Y otra vez la “salomónica” respuesta.

-       ¡Yo no hago las reglas!

Al salir, seguí escuchando las múltiples voces de protesta ante los abusos que   el régimen, a través de la aduana, comete contra los suyos.

Pregunto: ¿La Empresa francesa que ha decidido administrar el aeropuerto resolverá esta situación o se convertirá en un cómplice más del pillaje y las injusticias que allí ¨se consuman?


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